[Seminci 2020] ‘Minari’, la tierra prometida

La historia de Estados Unidos está protagonizada por colonos, héroes comunes y malogrados pioneros que pusieron sus pies en un territorio imaginado como la tierra prometida, el edén que alimentaría sus sueños gracias al sudor de su frente. Aunque la colonización europea de ese país, con sus luces y sombras, no puede desvincularse de su sustrato religioso, no hace falta ser creyente para darse cuenta de que emigrar es un acto de fe y quizá por ello la historia de las grandes religiones es también la historia de las grandes migraciones, relatos de pueblos errantes tratando de encontrar su lugar en el mundo.

Esta reflexión viene a cuento al calor del visionado de Minari, del surcoreano Lee Isaac Chung, una preciosa epopeya íntima ubicada en los años 80 sobre una familia de origen coreano en busca del sueño americano, en su propia conquista de la frontera, que compite en el concurso oficial de la Seminci 2020 antes de estrenarse en las salas españolas a partir de 2021 a través de A Contracorriente.

En Minari, Jacob (Steven Yeun), su esposa Monica (Yeri Han) y sus dos hijos, Anne (Noel Cho) y el pequeño David (Alan S. Kim), viajan del Oeste al Este, de Corea a California y de ahí a Arkansas, para establecerse en un terreno que el patriarca cree que será fértil. Es su primera propiedad y también un escenario en el que sembrará sus sueños de prosperidad. No obstante, las primeras reticencias llegan nada más aparcar el coche y el camión de la mudanza: la casa familiar es una de esas viejas casas portátiles, con ruedas, como si fuera una caravana moderna. ¿Cómo echar raíces en un lugar cuyos dormitorios son móviles y están desvencijados? La matriarca comenzará una oposición silenciosa con la que conseguirá que Jacob consienta la llegada de su suegra al nuevo núcleo familiar. La aparición de este personaje ayudará en el devenir del drama familiar, hilvanado por las dinámicas habituales de las familias migrantes, el choque de culturas y los sacrificios y frustraciones que acompañan a la vida adulta.

Aunque la familia de Jacob y Mónica es profundamente cristiana, Lee Isaac Chung confía en la ideología ‘fordiana’ para explicarnos cinematográficamente la historia de esta familia. Basada en algunas anécdotas propias en tanto que hijo de migrantes coreanos en Estados Unidos –el director contó en la rueda de prensa posterior a la proyección del filme que algunas cuestiones que rodean al personaje que interpreta Will Patton o la historia del padre son más o menos autobiográficas–, Chung apuesta por el academicismo formal para su película y el resultado no solo es diáfano y efectivo, sino que emparenta su relato con el de otros grandes que se han atrevido a abordar de manera frontal el drama de la tierra. Su visión, así las cosas, ensancha a una tradición fílmica que eleva a héroes a los hombres y mujeres comunes que luchan por un futuro mejor.

Esa épica de lo cotidiano, además, está planteada en Minari a partir de la mirada del hijo pequeño de la familia, afectado por una patología coronaria. La cámara se sitúa en muchas ocasiones a su altura, descubriéndonos el nuevo mundo de esta familia desde los ojos de un niño que está empezando a comprender la vida. Narrar desde la posición de un menor es una decisión arriesgada, pero Chung sabe modular los cambios de tono y los giros dramáticos. Su película es, como la historia de su padre y de su madre, un acto de fe: el cine como el medio para contar las vidas de los hombres buenos.

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