¿Ha arruinado el ‘young adult’ el cine para jóvenes?

Si habéis visto ya la secuela (homónima) de Jóvenes y brujases posible que hayáis sentido una decepción mayúscula. Dirigida y escrita por Zoe Lister-Jones, esta producción Blumhouse ha intentado reverdecer los laureles (o los beleños) del clásico de culto estrenado en 1996 sin lograrlo, ofreciendo fórmulas trilladas y un desarrollo a medio cocer en lugar de angustias adolescentes y espantos del Más Allá. Seguramente, las presiones de Jason Blum para obtener un producto vendible y un montaje que se adivina carnicero no han ayudado… pero nosotros tenemos otro posible culpable para los malos resultados del filme. Y el nombre de ese culpable es “young adult”. 

La oleada de publicaciones (y de adaptaciones al cine) que ha suscitado el éxito de Harry Potter desde el cambio de siglo ha iniciado a montones de personas jóvenes a los placeres de la lectura, y también a los de la pantalla. Pero eso no es óbice para reconocer que ha traído una buena cantidad de vicios que llevamos padeciendo aproximadamente una década. Y por cuya causa el cine para jóvenes lleva demasiado tiempo convertido en un páramo de sosería.

Pero ojo, porque en este artículo no queremos echarle la culpa de esos problemas a los autores literarios, ni a los guionistas de los filmes: bastante tienen ellos con lo que tienen, en la mayoría de los casos. Más bien queremos señalar el mal uso que los estudios de Hollywood hacen de ellos, en busca de repetir una fórmula mágica que les promete el éxito… pero que, en la mayoría de los casos, acaba en desastre.

El protagonista, ese dios

Está claro que, independientemente de lo que uno piense de ella, J. K. Rowling hizo lo que pudo por rodear a su mago con gafas de secundarios memorables: el hecho de que Hermione Granger, Ron Weasley o (¡gasp!) Severus Snape tengan tantos fans como el propio Harry es la prueba. Asimismo, otros autores como Rick Riordan (Percy JacksonSuzanne Collins (Los juegos del hambreentendieron que un personaje principal no suele funcionar en solitario y necesita un buen elenco a su alrededor. Otra cosa es que Hollywood haya entendido esto de aquella manera.

A estas alturas, todos sabemos que una novela puede comprimir y estirar el tiempo de formas ajenas al alcance del cine (al menos, del cine orientado a multisalas, pero esa es otra). De modo que, entre ofrecer una narrativa interesante y tener una figura carismática con la que vender su producto, los estudios suelen apostar por lo segundo. Jóvenes y brujas nos ofrece un buen ejemplo de esto: mientras que la película original dedicaba un buen trecho a dotar de personalidad a todos los miembros del aquelarre, la secuela de 2020 pone toda la carne en el asador con Lily (Cailee Spaeny)… pero se olvida por completo de explicarnos quiénes son sus amigas, de dónde salen y qué las ha llevado a dedicarse a la hechicería.

En busca de un nuevo Harry Potter, de una nueva Bella Swann (Kristen Stewart en Crepúsculo) o de una nueva Katniss Everdeen, las películas young adult suelen ofrecer narrativas centradas en un personaje que, para colmo, suele venir cortado por un mismo patrón. Hablamos de un individuo joven (para que el target de espectadores adolescentes pueda empatizar con él), excéntrico (pero no demasiado) y generalmente en rebeldía contra un entorno hostil, para así alimentar esa necesidad teen de sentirse en lucha contra esos adultos que no le comprenden.

¿El problema? Que el público es mucho más listo de lo que los expertos en marketing suelen pensar: una figura protagonista no puede ser ‘especial’ y ‘única’ si está cortada por un patrón predecible, y mucho menos si lo que tiene alrededor no justifica que nos interesemos por sus aventuras. Los resultados en taquilla de Cazadores de sombras: Ciudad de hueso, La quinta ola Hermosas criaturas hablan por sí mismos.

El universo: leyes y prodigios

El anime, los cómics de superhéroes e incluso los videojuegos llegaron antes a esta conclusión, pero hay que reconocer que el young adult la ha aprovechado con ganas. Porque uno de los ganchos de marketing más implacables para vender productos para jóvenes es, tanto como su protagonista, ofrecer un mundo guiado por un conjunto de reglas (coherentes o no, es lo de menos) y de peculiaridades. Una mitología interna, por así decirlo, que los fans puedan aprenderse de memoria y custodiar para reconocerse entre ellos y dejar fuera a los no iniciados.

¿Ejemplos? Tenemos unos cuantos: seguro que te sabes de memoria los nombres de más de 10 hechizos de Harry Potter, y si eres muy fan podrás explicar de dónde salieron las Reliquias de la Muerte y cómo llegaron a donde están. Asimismo, es probable que puedas citar las reglas de los Juegos del Hambre con más soltura que Effie Trinket. El problema, una vez más, es que estas premisas pueden ayudar a que nos interesemos por el mundo… pero no necesariamente animarnos a que nos quedemos a vivir en él.

El caso de Jóvenes y brujas (2020) es sangrante en grado sumo, porque ni siquiera profundiza en las quisicosas de su universo mágico, dejándolo todo como una suma de superpoderes más similar a los de los héroes Marvel que a los de iniciadas en los secretos herméticos: muchos fans del filme original terminamos echando de menos las lecciones de magia impartidas entonces por Assumpta Serna. 

Aunque El corredor del laberinto haya quedado como un ejemplo positivo de esta constante (y, gracias a ello, se coronase como un entrañable hit de serie B), películas como Vampire Academy Máquinas mortales han demostrado que no basta con una ambientación sorprendente y más o menos intrincada para seducir a los espectadores. En el caso de este último filme, no obstante, eso es una pena, porque se trataba de una producción de Peter Jackson con bastante riesgo y digna de mejor suerte.

El tono: No molestar a nadie

Aquí llegamos, posiblemente, al aspecto más sangrante del tema que nos ocupa. Y el que más compete al cine, además. Porque, si repasamos los clásicos del cine para jóvenes, vemos que muchos de ellos tenían un subtexto que tiraba con bala contra el tiempo que les vio nacer. En el caso de muchas narrativas young adult, sin embargo, esta intención satírica o de comentario se queda en un mero conjunto de generalidades.

Quienes estén dispuestos a clamar contra ‘ofendiditos’, ‘snowflakes’ y similares pueden ir cerrando la boca, no obstante: aquí no vamos a hablar de rasgos machistas, racistas u homófobos producto de sensibilidades ya superadas. Vamos a hablar de cómo, por ejemplo, la saga Regreso al futuro no se cortaba un pelo a la hora de tocarle las narices a los ‘valores eternos’ de la cultura estadounidense, esa mitología conservadora y basada en la cultura del esfuerzo que por entonces Ronald Reagan predicaba desde la Casa Blanca. Sirviendo como percha de los golpes de los cambios sociales experimentados durante las épocas de su viaje, Marty McFly nos mostró que buena parte de esos mitos eran una engañifa.

En cambio, las historias young adult del siglo XXI suelen estar planteadas para llegar a la máxima cantidad de lectores (o de espectadores) posible. Y eso suele traducirse en premisas que carecen de dobles lecturas, de vitriolo satírico y de casi todo lo demás. Sin ir más lejos, Jóvenes y brujas apunta comentarios sobre la masculinidad tóxica enfrentada al feminismo y la sensibilidad woke… pero no aprovecha las numerosas posibilidades que le ofrecería esa premisa para la sátira o el terror.

Asimismo, y aunque Los juegos del hambre corriera más riesgo del habitual a la hora de mojarse sobre temas muy espinosos de economía y política, el resto de obras young adult suelen quedarse a medio gas en estos aspectos. Una buena prueba de ello es cómo el vago mensaje antiautoritario de Harry Potter se ha ido degradando poco a poco conforme a Rowling le apetecía añadir notas a pie de página sobre las ideas o la sexualidad de los personajes. Sobre las recientes y catastróficas meteduras de pata de la autora, mejor hablamos otro día.

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