[Festival de Sevilla] ‘El año del descubrimiento’: la hipérbole que viene y va

El Festival de Cine de Sevilla ama a Luis López Carrasco (y sus amigos) y Luis López Carrasco (y sus amigos) aman al Festival de Cine de Sevilla. Es una relación más estable que la que tuvieron Paul Newman y Joanne Woodward.

Cuando el director actual del certamen José Luis Cienfuegos acababa de aterrizar en la capital andaluza, le vino mejor que bien la presencia de una película como El futuro, el deslumbrante debut de López Carrasco, para apuntalar su propuesta. Intentó repetir repercusión con Sueñan los androides, de Ion de Sosa, producida por López Carrasco, pero aquello no acabó de cuajar. Mal, fatal, horripilantemente se tiene que dar para que no le salga bien con El año del descubrimiento.

Se entiende así el cariño de los programadores Javier Estrada y Luis Parés, que ayer presentaron el filme simultáneamente en Sevilla y Madrid con una retahíla de hipérboles que quitaba el hipo, llegando a afirmar que estamos ante una de las obras más importantes de la historia del cine español, comparándola con los trabajos de Pere Portabella o Joaquín Jordá. Nada extraño. Estos días es tendencia en la prensa hablar de “la era de la hipérbole” y el cine no iba a ser ajeno a ella. Tiene su gracia, eso sí, dado que el filme es una crítica frontal del proyecto del año 1992, el más hiperbólico de la democracia española.

Pero, en fin, dejemos de lado cuestiones semánticas, que diría el ubicuo Fernando Simón. ¿Aguanta la propuesta de López Carrasco tanta alabanza? Rotundamente sí. López Carrasco es, probablemente, uno de los cineastas que más reflexiona sobre la realidad española antes de rodar. Ocurría con El futuro, con el que comparte punto de partida. Un grupo de personas, en un espacio cerrado haciendo lo que mejor se nos da a los españoles: perorar entre lingotazos. Un barullo de mil demonios en un tiempo indeterminado.

Para López Carrasco, el pasado y el presente se mezclan constantemente, pues uno es consecuencia del otro. Juega a desorientar al espectador a través del uso constante de anacronismos estéticos, desde la textura de la filmación, a la ropa de los personajes, o ese fumar constante en el bar que sabemos prohibido en la España de hoy. Parece repetir lo que tan bien funcionó con El futuro, cambiando a la lozana juventud madrileña por la heterodoxa sociedad trabajadora cartagenera… pero no.

Han pasado ocho años y durante ellos el director se ha reafirmado en las ideas que El futuro insinuaba. Ha escrito, ha leído y ha conversado sobre ello. Así que el barullo se vuelve claridad expositiva y el director toma la palabra, frente a las conversaciones inaudibles e incoherentes de su debut. Los personajes vuelven a 1992, el año del descubrimiento del título; el año en el que sus paisanos quemaron la Asamblea de Murcia en medio de una revuelta obrera; el año de la gran traición a la izquierda; el año en el que nos dijeron que ya era verdad aquella broma recurrente e insoportable de Ozores de “¡por fin ya somos europeos!”… pero se les olvidó decirnos que seríamos europeos de segunda, claro.

Vuelve porque está convencido de que de ahí, de esa manera de entender España, surgen todos los males actuales y el desastre que este país es hoy para su generación. López Carrasco no deja títere con cabeza. Memoria histórica, feminismo, comunismo, nacionalismo, sindicalismo… Tiene para todos y, en ese sentido, la película es, también, tan decididamente hiperbólica como ese año que nos vendía el felipismo.

A medida que los jóvenes de hoy dejan paso a los jóvenes de ayer, a medida que la película deja el presente para acudir al pasado y al fatídico día de la quema de la Asamblea, la película crece. Es una delicia oír hablar a los viejos sindicalistas, cuya capacidad para hilar argumentos políticos contrasta con las dificultades expresivas de las nuevas generaciones. Su posición ideológica es a menudo indiscutible, pero también deja muchos temas abiertos al debate.

Creo que es algo de lo que él estará orgulloso, porque López Carrasco es de esos tipos que cree en el cine como elemento para cuestionar y, en último término, intervenir en nuestra sociedad. Porque de eso se trata, de cambiar las cosas a mejor, aunque sea a golpes de hipérbole.

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